martes, 14 de noviembre de 2017

XCVI



XCVI

No me digas que no tienes suerte



No me digas que no tienes suerte,
cuando una tarde cualquiera,
la que quieras,
puedes ir y sentarte en las rocas,
dejando que las olas
laman tus pies desnudos,
mientras contemplas como el sol
se oculta en el horizonte.
No me digas que no tienes suerte,
cuando ya anochecido,
te levantas y vuelves a tu hogar,
quedando allí las rocas,
empleadas a tiempo completo,
desgastándose inútilmente,
pues nunca podrán zafarse de lo que son,
salir nadando
y perderse en un viaje inacabable.
Cuando día tras día,
al amanecer,
salen de casa,
cogen el autobús, el metro,
su coche, o van andando,
como ayer, como mañana,
como siempre,
dejándose lamer por la costumbre,
desgastándose,
soportando las tormentas,
siempre ahí.
No me digas que no tienes suerte,
no sabiendo a dónde vas
ni de dónde vienes.
¿Hay algo más esperanzador?